Durante años, la política energética mexicana impulsada por Andrés Manuel López Obrador se construyó sobre una premisa ambiciosa aunque vaporosa: alcanzar la llamada “soberanía energética”. Bajo ese concepto, México debía dejar de depender del exterior, fortalecer a PEMEX y apostar por la refinación interna. Sin embargo, la realidad terminó imponiéndose.
Hoy, el gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum ha comenzado a corregir el rumbo. La apertura al fracking —aunque disfrazado de “nuevas tecnologías”— no es otra cosa que el reconocimiento implícito de que la estrategia anterior fracasó y dejó al país en un escenario muy pesimista.
Soberanía energética: una promesa que no resistió la realidad
El modelo energético de la administración de López Obrador apostó por rescatar financieramente a PEMEX, limitar la participación privada y rechazar tecnologías como la fractura hidráulica. Incluso, el propio López Obrador buscó prohibir constitucionalmente el fracking, considerándolo dañino y “neoliberal”, y la propia Claudia Sheinbaum durante años, pontificó en contra del franking, como arroja cualquier búsqueda rápida en sus propias redes sociales.
Pero bien visto, el problema nunca fue ideológico, sino técnico y económico. Así, la producción petrolera mexicana lleva años estancada o en declive, ubicándose apenas entre alrededor de los 1.6 millones de barriles diarios de hidrocarburos líquidos, según cifras oficiales, uno de los niveles más bajos en décadas y con una caída anual del 7%. Y en cuanto a gas natural, el país tiene un consumo diario que supera los 9,000 millones de pies cúbicos, de los cuales solamente una cuarta parte es producida por PEMEX.
Así, PEMEX lejos de fortalecerse, acumuló una deuda superior a los 100 mil millones de dólares y no logró incrementar significativamente la producción.
Más grave aún: México se volvió altamente dependiente del gas natural importado, principalmente de Estados Unidos. Para la generación eléctrica, tal dependencia supera el 70%.
En otras palabras, la supuesta “soberanía energética” terminó generando exactamente su némesis, como sucede con todo esfuerzo gubernamental: mayor vulnerabilidad externa, por su odio a la inversión privada y por no querer ver la ineficiencia y el insondable barril sin fondo que es PEMEX.
El giro: del rechazo ideológico al pragmatismo obligado
Frente a este escenario, el nuevo gobierno ha comenzado a modificar su postura.
La administración de Sheinbaum ha abierto la puerta al uso del fracking y actualmente analiza su implementación, argumentando la necesidad de reducir importaciones y aumentar la producción nacional de gas.
Este cambio es significativo porque rompe con uno de los pilares del discurso político de la llamada “Cuarta Transformación” y de su mentor, el expresidente López Obrador. Pero no se trata de un ajuste menor, sino de un importante viraje estratégico.
De hecho, el propio gobierno ha reconocido implícitamente que necesita explotar yacimientos no convencionales para sostener el sistema energético nacional.
El mensaje es claro: sin fracking, México no tiene cómo cubrir su demanda energética creciente. Pero la visión debiera ser aún más amplia: conservando PEMEX como está y favoreciéndolo por encima de la inversión privada, nacional o extranjera, México está condenado a seguir siendo un país que no puede valerse por sí mismo.
El contraste internacional: cuando el fracking sí funciona
Mientras México rechazaba ideológicamente el fracking, otros países lo adoptaron con resultados contundentes.
Estados Unidos: de importador a potencia energética
Estados Unidos es el ejemplo más emblemático. Gracias al fracking, pasó de ser un importador neto de hidrocarburos a convertirse en uno de los mayores productores y exportadores del mundo.
Actualmente, la fractura hidráulica representa cerca de tres cuartas partes de su producción de petróleo y gas.
Este cambio no solo redujo costos energéticos internos, sino que transformó su posición geopolítica, como podemos ver en su reciente incursión contra Irán y especialmente frente al cierre del Estrecho de Ormuz.
Argentina: el caso de Vaca Muerta
Más cercano a México, el caso de Vaca Muerta en Argentina es especialmente ilustrativo.
Gracias al desarrollo del fracking:
• Argentina ha incrementado significativamente su producción de gas y petróleo
• Ha reducido su dependencia energética
• Y ha comenzado a posicionarse como exportador neto de energía
El desarrollo de este yacimiento ha sido clave para estabilizar su balanza energética y atraer inversión internacional. El propio Javier Milei está incentivando el desarrollo en Vaca Muerta buscando convertir a Argentina en una potencia exportadora de energía mediante la desregulación, la atracción de inversión extranjera y el impulso a la infraestructura de transporte. El gobierno Milei prioriza así el desarrollo no convencional para generar dólares y busca un “boom” energético con proyecciones de exportaciones por US$ 50 mil millones en cinco años.
México: el costo de haber llegado tarde
El problema para México no es solo haber rechazado el fracking, sino haberlo hecho durante años críticos en los que pudo haber desarrollado capacidades técnicas, infraestructura e inversión.
Frente a ello, hoy el país enfrenta tres desventajas:
1. Dependencia estructural del gas importado
2. Producción estancada en hidrocarburos
3. Pemex debilitado financiera y administrativamente
El giro actual hacia el fracking ocurre, por tanto, en condiciones menos favorables y con mayor presión política. Y peor aún más si se puede: cuando muchos otros países de la región están deshaciéndose por las buenas o por las malas de la izquierda populista que lo asoló los últimos 30 años, lo que significa que México llegará tarde al interés de inversionistas para desarrollar esta tecnología. El previsible próximo giro político-electoral en Colombia y Brasil, sólo acelerará el aislamiento del país y su retraso respecto a los vuelcos políticos y tecnológicos que suceden fuera de sus fronteras.
Conclusión: ideología vs realidad
La apertura al fracking anunciada por Sheinbaum no es una innovación política; es una rectificación tardía.
El discurso de soberanía energética, basado en el control estatal y el rechazo a tecnologías modernas, no logró sus objetivos. En su lugar, dejó a México más dependiente, con menor producción y con una empresa estatal más frágil.
Hoy, el gobierno reconoce —aunque sin decirlo abiertamente— que necesita exactamente aquello que antes rechazaba.
El contraste con países como Estados Unidos y Argentina evidencia una lección fundamental: en energía, la ideología no sustituye a la realidad técnica.
Y cuando esa realidad se impone, los gobiernos no tienen más opción que corregir… aunque sea demasiado tarde.

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