Discurso de Polarización: cuando el poder azuza al conflicto y la violencia

La violencia política y social está dejando de ser un fenómeno marginal para convertirse en un rasgo estructural, tanto en México como en Estados Unidos. Los hechos recientes no solo lo confirman: lo hacen imposible de ignorar.

En México, el tiroteo en Teotihuacán, el pasado lunes 20 de abril, cuando un atacante solitario asesinó a una turista y tomó de rehenes e hirió a más de una decena de personas en uno de los sitios más emblemáticos del país, evidenció que la violencia ya no está contenida ni siquiera en espacios simbólicos o turísticos.


En paralelo, la violencia política continúa escalando: decenas de candidatos, alcaldes y funcionarios mexicanos han sido asesinados en los últimos años, con cifras que superan los 50 homicidios de actores políticos en el periodo reciente y más de 100 policías asesinados solo en lo que va de 2026.

No se trata de hechos aislados. Son un patrón.

En Estados Unidos, la tentativa de atentado contra Donald Trump en la reciente Cena de Corresponsales de la Casa Blanca del pasado fin de semana —el tercer atentado en su contra en menos de dos años— confirma que la violencia política también ha cruzado líneas que antes parecían infranqueables.

Ambos países, con contextos distintos, comparten un mismo problema de fondo: la normalización del adversario como enemigo.


México: violencia criminal y captura política

En México, la violencia tiene una raíz evidente: el poder del crimen organizado. Pero reducir el fenómeno a sólo eso sería quedarse en la superficie.

Diversos análisis muestran que los asesinatos de candidatos y autoridades locales no son aleatorios, sino estratégicos, al menos en México: los autores buscan capturar gobiernos municipales, influir en elecciones o castigar decisiones políticas.

Esto explica por qué el nivel municipal —el más cercano al ciudadano y su problemática— es también el más vulnerable. Ahí es donde el Estado es más débil y donde el crimen encuentra mayores incentivos y facilidades para intervenir.

Sin embargo, hay otro elemento que agrava esta situación: el discurso político.

Cuando desde el poder se descalifica sistemáticamente a la oposición, se le acusa de traición, corrupción o conspiración permanente, como hace Claudia Sheinmbaum TODOS los días, pues se construye un clima donde la violencia deja de ser impensable. No es que se ordene, pero sí la vuelve tolerable.

Ese es el punto crítico: la retórica política oportunista precede a la violencia.


Estados Unidos: polarización ideológica y violencia directa

En Estados Unidos, el fenómeno tiene otra cara, pero una lógica similar.

El intento de asesinato de Trump no es un episodio aislado, sino parte de una tendencia creciente: amenazas, agresiones y ataques contra figuras políticas de ambos partidos e incluso contra empresarios a los que se estigmatiza, se han disparado en los últimos años.

La diferencia es que, en lugar de crimen organizado capturando territorios, lo que emerge es una radicalización ideológica profunda. El adversario político ya no es alguien con quien se compite, sino alguien que debe ser eliminado o silenciado.

El resultado es el mismo: la deshumanización del otro.

Y cuando eso ocurre, la violencia deja de ser un tabú.


En ambos países hay un factor común: la legitimación del discurso político violento desde el poder.

Tanto en México como en Estados Unidos, la violencia no surge en el vacío.

Se alimenta de un entorno donde:

•⁠ ⁠El lenguaje político se vuelve confrontativo y excluyente
•⁠ ⁠Se desacredita sistemáticamente al adversario
•⁠ ⁠Se erosiona la confianza entre ciudadanos y contra instituciones (formales o no)
•⁠ ⁠Se justifica el conflicto como inevitable e irresoluble

•⁠ ⁠ser crítico del poder o la política se convierte en una actividad de alto riesgo

En ese contexto, los actos violentos dejan de percibirse como aberraciones y empiezan a verse como consecuencias “comprensibles” o lógicas de una lucha mayor.

Ese es el verdadero peligro.

Porque cuando la violencia se normaliza culturalmente, ya no necesita ser organizada desde arriba: basta con que individuos o grupos crean que están actuando en nombre de una causa legítima.

De la polarización al punto de no retorno

La evidencia reciente apunta a una convergencia inquietante:

•⁠ ⁠En México, la violencia criminal se entrelaza con la política
•⁠ ⁠En Estados Unidos, la violencia política comienza a adoptar formas más directas
•⁠ ⁠En ambos casos, el discurso público se ha endurecido hasta el límite

Y no es casualidad. Es sistémico.

Como advierten diversos análisis, la polarización extrema transforma la competencia democrática en confrontación existencial.

Y cuando la política se convierte en una guerra simbólica, la violencia real deja de ser una excepción.


Conclusión: el costo de jugar con fuego

La violencia que hoy vemos —en Teotihuacán, en municipios mexicanos o en eventos políticos estadounidenses— no es solo un problema de seguridad.

Es el síntoma de una crisis más profunda: la degradación del lenguaje político y la erosión de los límites democráticos, de forma estelar pero no exclusivamente, por parte de los mandatarios Claudia Sheinbaum y Donald Trump, respectivamente.

El poder, cuando alimenta la polarización, juega con fuego.

Y tarde o temprano, ese fuego deja de ser retórico. Y en ambos países lo estamos viendo.

Víctor H. Becerra

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