Parte III: El Despotismo en la casa de los espejos

El ciudadano X, la narrativa del despotismo ilustrado y la trampa de la dictadura

En la primera parte de esta serie hablábamos del inmenso aparato del estado que, queriendo o sin querer, nos hemos echado sobre los hombros y como sus promesas idílicas se han transformado en una tecnología de control basada en monopolios, burocracia y control. Ya en otra ocasión nos hemos preguntado si el estado es un bien de mercado, es decir un bien deseado y por ende, adquirido por los ciudadanos y como esa es a mitad de una verdad peligrosa, ¿por qué?

Póngase por un momento en los zapatos del Ciudadano X. Él no se despierta por la mañana teorizando sobre la soberanía individual, el contrato social o las lecturas de Hobbes. El Ciudadano X solo pide cosas dolorosamente prosaicas: abrir la llave y que salga agua limpia, subir al transporte público y llegar a tiempo, transitar por calles sin baches y que el fruto de su jornada laboral le alcance para comprar el pan de su familia. Frente a esta necesidad cotidiana de orden y previsibilidad, la deliberación democrática suele percibirse como un espectáculo lento, ruidoso e ineficiente. ¿Por qué el Ciudadano X tendría que preocuparse por defender una soberanía abstracta que no le alcanza ni para comprar un bolillo? ¿Por qué no cederla a cambio de paz mental?


I. La tentación del pacto faustiano

El ciudadano X ha leído los cuentos de hadas (o los ha visto tamizados por la mano de Disney), ha visto como el Rey Tchala gobierna victorioso sobre una sociedad pacífica, colorida, idílica, si bien no compleja, al menos ritualmente sofisticada y se pregunta por qué no puede tener eso mismo. Por qué su rey (presidente, que es lo mismo) que en debates y espectaculares prometió eso que Disney hace posible —gastando precisamente el presupuesto de un país pequeño— acá no se traduce a se mismo bienestar. El cuidadano hace su parte: Trabaja, asiste a misa, la futbol o aalguna otra actividad socialmente cohesiva, paga sus impuestos, va y vota cuando se le indica. El ciudadano, que tal vez se equivoca, está eligiendo a su soberano todopoderoso y no está viendo un reino próspero, pero el rey engorda.

¿Qué está pasando? ¿Por qué no vemos resultados espectáculares como en algunos paraísos estatistas?

Sobre esta fatiga ciudadana se erige el verdadero caballo de Troya del autoritarismo contemporáneo. La sociedad no abraza a los regímenes fuertes por devoción a la tiranía, sino por desesperación funcional. Se ofrece entonces un pacto aparentemente pragmático: el Estado asume la gestión total de la vida pública y promete resolver el caos a cambio de una sola condición: la renuncia voluntaria al cuestionamiento y al contrapeso.

El problema es que esta transacción es un pésimo negocio de gestión de riesgos. El Ciudadano X cree estar comprando eficiencia, pero en realidad está entregando las únicas herramientas que le protegen cuando el administrador comete un error catastrófico. Tres modelos contemporáneos encarnan este espejismo con enorme éxito propagandístico:

II. Los tres espejismos del orden eficiente

El Espejismo Tecnocrático (China):

Se presenta como el triunfo de la planificación a largo plazo y la meritocracia sin las “molestias” de la política electoral. Promete infraestructura futurista y erradicación de la pobreza. Sin embargo, su factura oculta es la vulnerabilidad extrema ante el error del centro infalible. Cuando el planificador se equivoca, no existen válvulas de escape: la población queda a merced de decisiones dictatoriales irreversible. La paz mental dura únicamente hasta que el sistema decide que el individuo es un costo prescindible en el cálculo del Partido. La ciudadanía, que no es lo rica que nos han pregnado, aunque haya salido de una pobreza ofensiva, sigue lejísimos de alcanzar los beneficios que se ven en centros urbanos que ni siquiera son accesibles al grueso de la polación. La movilidad social esta supreditada no solo al mérito sino a la cartilla moral de un líder sabio que poco a noada tienen que ver con al antecesor ni el sucesor, salvo en sl poder omnímodo que ejerce sobre su juego de monopoly personal.

El Espejismo de Guante de Seda (Singapur):

Ofrece un capitalismo de alto rendimiento, limpieza impecable y seguridad absoluta bajo una ingeniería social quirúrgica. No obstante, representa la jaula de oro: un modelo de microescala dependiente de condiciones hiperespecíficas y de la virtud de una dinastía política. Exige una docilidad civil absoluta e infantiliza a la población. Si la élite gobernante erra el rumbo, los ciudadanos carecen de mecanismos institucionales para desmantelar la ocurrencia oficial.

El Espejismo de Mano Dura (El Salvador):

Responde a la desesperación extrema erradicando la violencia criminal mediante la suspensión del debido proceso y la concentración del poder en un líder carismático. El Ciudadano X celebra la paz recobrada en su barrio, pero ignora el costo estructural: se ha construido una infraestructura de excepción permanente. Mañana, cuando el enemigo no sea la pandilla sino la disidencia o la crítica, el aparato punitivo estará intacto y sin frenos para operar contra cualquiera.

    III. La trampa del “dictador romano” y la lógica del Estado

    Para desentrañar este dilema es preciso acudir a la historia constitucional. En la República romana, la figura del dictator era una magistratura hiper-delimitada: ante una crisis militar o civil extrema, se nombraba a un ciudadano con poderes absolutos para resolver la emergencia. Este esquema solo era aceptable bajo dos condiciones estrictas: su duración estaba acotada a un periodo muy corto (seis meses máximo) y se asumía explícitamente que, en el afán de resolver la crisis, surgirían injusticias inevitables que la República debería tolerar temporalmente para salvar su existencia.

    El drama del mundo moderno es que el Estado no funciona como el dictador romano. Por su propia lógica constitutiva —el “gen egoísta” burocrático analizado en la entrega anterior—, el aparato estatal jamás entrega de vuelta el poder extraordinario que se le confiere. Una vez que se decreta el estado de excepción o se le otorgan facultades omnímodas a la tecnocracia para “resolver el bache o la inseguridad”, la maquinaria utiliza esos recursos para conservarse, desplegarse y consolidar su dominio por encima de las libertades ciudadanas.

    Conclusión: De la ilusión al rediseño necesario

    El Ciudadano X no compra paz mental al rendir su soberanía; firma una tranquilidad a plazo fijo cuya factura final siempre se liquida con servidumbre o ruina. Los déspotas ilustrados y los autócratas eficientes son soluciones efímeras que terminan devorando la propia sociedad que prometieron salvar. Si la cesión de soberanía es una trampa y los parches autoritarios son espejismos insostenibles, la pregunta fundamental deja de ser a quién elegimos para que mande. La verdadera interrogante que debemos afrontar —y que abordaremos en la cuarta y última entrega de esta saga— es cómo desmantelar y desescalar la maquinaria antes de que su inercia destruya cualquier margen de libertad humana.

    Detrás de la máscara de legitimidad del “soberano” se esconde nuestra propia soberania rendida voluntariamente. Recuperarla no es fácil, pero tengo la impresión, espero errada, que el problema no sea que no querramos recuperarla, sino que tenemos miedo a lo que suceda con ella una vez que está en nuestras manos.

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